Cuando llegó el primer carro a Tesalia, un municipio del suroccidente del Huila, que en principio se llamó Carnicerías, la gente pagaba un centavo por la vuelta al parque y cinco centavos para que la chiva pitara. Eso sucedió en los albores de la década de los 30, cuando las carreteras eran caminos de herradura y el caballo era el medio de transporte más utilizado. Cada vez que el conductor hacia berrear aquella máquina convertida en novedad, don Inocencio Trujillo, que fue el primer propietario que tuvo un vehículo en el pueblo, se embolsillaba parte de la inversión, y mis paisanos montaban a las novias y las hacían merecedoras de un emotivo viaje de plaza. El pito era entonces una atracción y nadie se imaginaba cómo era que ese aparato, sin vida, sostenido en llantas de caucho, podía soltar silbidos para abrirse paso entre la muchedumbre y moverse por las dos calles empedradas, alimentado sólo por un estruendoso ruido que nadie sabía qué lo provocaba. No había semáforos, ni policía de tránsito. Solo una persona sabía manejar el carro, que pernoctaba al frente de la casa de su dueño, en donde la romería nocturna era notable. De ayer a hoy Pero el pito pasó de ser primicia a una vergonzosa actitud. En Bogotá y en muchas otras ciudades, los conductores son depredadores del sentido auditivo y decanos de la impaciencia. Antes de que el semáforo esté en amarillo, las vías se convierten en vuvuzelas. Y si un motorizado viene a 100 metros, ya le está haciendo trinar las cornetas con la misma insistencia que maulla un gato en un picadero de carne. Una sicóloga me dice que eso es falta de cultura. Es impaciencia traducida en enfermedad. Es un mal hábito propio de los países en vía de desarrollo, y sugiere que se debería iniciar una campaña para limitar ese maleficio. Y, creo que muchos estamos de acuerdo. Pitar por pitar equivale a exaltar las malas costumbres y a ignorar la doctrina del Padre Astete, autor de tantas obras piadosas. Montar en Trasmilenio en Bogotá también es una aventura. El solo hecho de ingresar a las bahías es una tragedia. Las jóvenes, señoras y señores van cogidos de la mano, y les importa cinco quien va de afán. Los que van a subirse forman hileras infranqueables para atajar a los que se van a bajar. Para colmo de males se hacen en la puerta hasta finalizar el recorrido, de tal forma que alcanzar la entrada o la salida es una odisea. El irrespeto por las filas –y en Colombia hay que hacer muchas- es otra norma de mala conducta, por cierto muy generalizada. No falta el que pretende colarse a las buenas o a las malas, el que finge como amigo del que está adelante y el que sin recato alguno, afirma “yo estaba aquí hace rato”. Tampoco falta el imprudente, que sin ponderación alguna dice delante de todo el mundo “lo vi mal parqueado”, “esa no era su novia”, “lo llamaron y usted no estaba” y “ayer tenía un tufo…” Y por supuesto estamos llenos de anfibios –que es un eufemismo para no designar el animal por su nombre-. Es el aventador, el que trata de quedar bien haciendo quedar mal a los demás. Es un desleal que ataca por detrás. Es una especie mala leche que abunda en oficinas, en los conjuntos residenciales y en cuanto sitio pueda estar presente. Una categoría distinta y contraria es el insolidario. El que dice “eso no es conmigo”, “que se las arregle solo”. Por tanto no es generoso y solo piensa en su yo. Lagartos y criticones
Abundan también los lagartos. Ellos saben a quién arrimárseles, no desaprovechan oportunidad para pedir ascensos y puestos sin merecerlos y son fastidiosos y sumisos. Pero también están los criticones, aquellos que nada les gusta y viven pendientes de los errores y defectos de los demás. No ven la viga en el ojo propio y hasta las virtudes ajenas las convierten en sombra. Finalmente, está el sobrador. El que todo lo sabe y todo lo puede. En las reuniones y conversaciones se apodera de la palabra. Interrumpe constantemente y además impide que otros terminen sus ideas. Dice haber leído mucho, viajado a los sitios más remotos y conocer desde los mejores restaurantes hasta de astronomía. Hay, desde luego, más conductas reprochables, y unas se originan en la carencia de cultura y otras en defectos de personalidad. Pero si a usted no le ha tocado lidiar por lo menos con tres de ellas, de seguro no ha vivido en Colombia.
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